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El arte de hacer empresa

Joaquín Peña-Toro

Hacer empresa del arte es un propósito tan difícil como poco habitual. Varios factores condicionan esta afirmación. Por un lado, la inestabilidad intrínseca al mundo del arte, por otro, el reducido mercado al que dirigirse (mucho más si se trabaja desde ciudades medianas como es Granada). Consecuencia de ambas, la debilidad del entramado profesional en el que insertarse y la falta de hábitos del potencial mercado que, muchas veces, no se acerca al arte por mutuo desconocimiento.

Dado este preámbulo, si pensamos en los veinte años de existencia de Christian M. Walter, Taller de Serigrafía nos damos cuenta de la especial significación de esta pequeña empresa dedicada a las ediciones de arte. Durante estas dos décadas, el taller ha estampado, en una labor silenciosa y constante, cientos de serigrafías de los más variados artistas. Una auténtica factoría de arte contemporáneo en la Vega de Granada que merece la pena conocer.

El poso de un taller vivo

Tras varias experiencias previas, Christian Mathias Walter (Saarbrücken, Alemania 1959) toma la decisión de establecerse definitivamente en Granada y a finales de 1986, como una medida de autoempleo, funda su propio taller de serigrafía. Había observado un hueco en este terreno que le parecía desatendido. Existían talleres de impresión y serigrafía industrial pero muy poca oferta para las tiradas artísticas. La edición de arte es un campo especializado que necesita condiciones muy concretas, de modo que la asistencia de un estampador profesional se hace imprescindible.

El primer encargo significativo que reciben es una serigrafía de José Guerrero que edita la Galería Palace. La obra –Homenaje a Zóbel– fue un estreno de lujo para el taller y tuvo mucha repercusión. La serigrafía resultó muy ajustada al espíritu del gouache original, sus colores eran rutilantes y contaba, como singularidad, con una pieza de collage.

El taller, cuyo primer espacio estuvo en la calle Mano de Hierro, inicia desde este momento las estampaciones con artistas que, por sí mismos o para un editor externo, decidían serigrafiar. Las colaboraciones se harán cada vez más frecuentes con particulares, galerías e instituciones.

Aquí tenemos otra de las singularidades del taller que no sólo realiza estampaciones para terceros sino que, asociado con los autores o asumiendo la labor de editor, completa su catálogo de serigrafías: “desde el principio entendimos que parte de nuestra labor era editorial”.

Dibujando a través de la seda

La serigrafía es un método de grabado que se adopta como técnica artística en pleno siglo xx, coincidiendo con la eclosión del Pop. Ciertamente era una apropiación del “mundo real” de las masas que artistas como Rauschenberg o el paradigmático Warhol hacían de la imagen en bloque: no sólo tomaban el icono sino su materialización.

Someramente, podemos decir que en la serigrafía una imagen se descompone en diferentes capas (tantas como colores queramos usar). Mediante una emulsión fotosensible que se expone a la luz (se insola), la imagen de cada una de esas capas es transferida a una gasa tensada (originalmente seda; hoy en día nailon) sobre un bastidor metálico. La emulsión ha creado sobre la tela una imagen en negativo que tapa los poros de las zonas en blanco y deja la gasa permeable en las zonas donde debe haber mancha. Cada una de estas pantallas se coloca sucesivamente sobre el papel y con una rasqueta de caucho se recorre la tela para hacer que la tinta la atraviese. Nada más; nada menos.

Walter consigue que cada artista pueda traducir a serigrafía su trabajo. Porque se trata de eso: una interpretación lo más ajustada posible a la obra del autor (generalmente pictórica) pero respetando el propio vocabulario de la técnica a la que se vierte y haciendo que estas reglas no sean límites sino refuerzos para la pieza editada.

Un buen traductor de poesía debe ser parecido. Del mismo modo que sólo un poeta puede traducir bien a otro; Walter es, necesariamente, un artista cuya autoría se diluye en todas las estampas que salen de su taller.

Viendo estos veinte años de trabajo, resulta sorprendente la cantidad de artistas diferentes que Walter ha serigrafiado. Desde Frederic Amat con “Granada”, una estampa contundente de pantallas muy bien delimitadas, hasta Miguel Rodríguez-Acosta quien en “Ventana” investiga y sopesa matices del color a fin de hallar la expresión precisa de sus abstracciones líricas.

Se podría plantear una disyuntiva sobre qué resulta más serigráfico. Seguramente, ambas. Son dos tipos de trabajo compatibles siempre que encontremos un taller versátil. Lo único que quedaría siempre fuera de lugar sería la traslación acrítica de un original.

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