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El hacedor de colores

Juan Mata

En una pared del taller de Christian M. Walter hay colgada una serigrafía que bien podría ser el emblema de su trabajo. Es una composición bella en sí misma, pero sin ninguna pretensión artística. La obra es un conjunto de pequeños cuadrados de distintos colores, cuya disposición y leves tonalidades otorgan a la serigrafía una estructura geométrica y armónica, al estilo de Piet Mondrian o Victor Vasarely. Esos cuadraditos no están colocados en el papel por azar o estética, sino que son el resultado de una modesta alquimia, pero también de un meticuloso cálculo. Cada uno de ellos representa una conquista, una ampliación de las posibilidades cromáticas. Porque lo que allí se reconoce, una vez traspasada la impresión de orden y armonía, es el desarrollo de una fórmula.

Lo que se observa, en efecto, es una secuencia rítmica de colores producidos a partir de una exhaustiva combinación: magenta con verdemar, amarillo con índigo, carmesí con cian, azul oscuro con lima… Son tentativas cada vez más precisas de adelgazar o adensar un color, de apagarlo o darle brillo, de matizarlo hasta el extremo. Porque en esa tarea aparentemente menor, secundaria, radica el sentido de la tarea Christian M. Walter: crear colores de un modo lógico, minucioso, matemático. Y el resultado no es una obra de arte, sino un inventario de posibilidades. Esa serigrafía está colocada junto a los estantes y la mesa donde se alinean las latas con los pigmentos que servirán para los ensayos, y también las botellas de disolvente, la balanza, los papeles manchados, las espátulas, las racletas. Ése es su territorio, ésos son sus instrumentos. Y su estímulo es mezclar esos pigmentos, comprobar el resultado, rectificar, perseverar hasta el eureka final. Obtener el color perseguido: he ahí el triunfo.

Lo que Christian M. Walter ha querido mostrar con esa particular serigrafía es lo que el color puede dar de sí, lo que su investigación y su trabajo pueden alcanzar. El orgullo con que la exhibe demuestra que en esa alineación cromática está representado el valor de su trabajo. Y con esos compartimentos de color está anticipando la tarea más compleja y delicada: materializar el sueño o la intuición de un artista, desarrollar sus esbozos, encontrar el color exacto para sus deseos. Porque el objetivo irrenunciable, su desafío permanente, su razón de ser, es lograr que la impresión esté lo más próxima a la intuición original, que plasme lo que el artista que firmará posteriormente la obra haya vislumbrado en su mente o proyectado en el papel. Y ello requiere una porción equilibrada de geometría e imaginación, técnica y creatividad, lógica y experimentación, paciencia y riesgo.

Esa es la responsabilidad de Christian M. Walter: contribuir a dar forma precisa a los anhelos de un artista. Un esfuerzo invisible y sin embargo forzoso de la serigrafía artística, pues tras cada obra luminosa y sorprendente hay una paciente actividad de taller, con todo lo que ello implica de diálogo, comprensión, lecturas, investigación, ensayo, decepción, fuerza física, cansancio… Pero él sólo se considera un auxiliar, un colaborador, un escudero. Y aunque haya habido veces en que sus percepciones han resuelto una duda o reorientado una búsqueda, él nunca se adjudicará el mérito. ¿Pero cómo concretar el deseo de alguien que quiere para su obra un “azul bonito” o un “rojo deslumbrante”, cómo dar forma y color a un vago presentimiento, cómo afrontar la voluntad de alguien que quiere dejar las huellas de sus zapatos en su obra, sin una suficiente dosis de entendimiento, intuición y sensibilidad? Pero ni él ni Loli Rodríguez, cuya minuciosa preocupación por que la obra final quede acabada y presentada como se merece, se conceptúan de artistas, aunque gozan con su presencia y su amistad, con su satisfacción ante lo que el taller les brinda y les culmina.

Esa invención de colores, esa modesta contribución a la creación artística, otorga a Christian M. Walter la relevancia del hacedor. Gracias a sus manos, gracias a su dominio de los procedimientos y las herramientas, la obra se ultima. Pocos quizá apreciarán esa tarea, muchos más la desconocerán, pero lo indudable es que detrás de una admirable serigrafía hay siempre el bello trabajo oscuro de quien la materializa y la perfecciona. Ese vínculo de trabajo intelectual y manual, esa experiencia compartida de búsqueda y creación, resulta sumamente atractivo. Cuando tras la última aplicación de la tinta queda finalizada la tarea, la obra resultante tendrá un autor pero también un hacedor, aunque su nombre permanezca secreto. Ese anonimato quedará recompensado sin embargo cuando a los ojos ajenos aparezca una obra magistral, sin errores, sin renuncias. Por eso, que las cuadrículas de color impresas y enmarcadas ocupen un lugar preeminente en una pared del taller, al lado de algunas de las obras que allí han realizado artistas como Juan Vida, Jordi Teixidor, Soledad Sevilla, Rogelio López Cuenca, Miguel Rodríguez-Acosta o Antje Wichtrey, es un símbolo. Están allí como emblema de los poderes de Christian M. Walter, como recordatorio de su contribución al proceso artístico.

La exposición […] ofrece por ello una soberana oportunidad de observar las serigrafías con una mirada original, no sólo como obras de artistas sino como obras de un artífice de arte.

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